17 noviembre, 2009
HereComesTheSun
Es increíble cómo a veces la música puede decir lo que las palabras no. Más increíble es sentirte a través de acordes o notas sueltas y no cuando se dice tu nombre. Porque como mi hermana me explicó, a veces una canción no sólo nos recuerda a alguien, sino un gesto. En este caso, qué otro gesto tuyo si no el de complacer. Cómo cada vez que suena Here Comes The Sun es como verte con una sonrisa, tratando de generanos una a nosotros. Ese mi do re do mi do re mi que da sensación de felicidad, de que todo va a estar bien. Me costó bastantes días encontrarte. Y probé varias cosas. Y nada como sentarme en el piano, cerrar los ojos y sólo dejar que vos guíes mis manos. A veces, tocando aquella canción que me enseñaste cuando yo tenía entre 7 y 10 años, siento que estoy tocando una Sonata de Mozart. Me lleno de sentimientos tuyos, siento que vos dirigís mis dedos y te dejás ir a través del sonido. Y es una sensación que no siento en ninguna otra parte, ni siquiera cuando voy a verte. No te siento enfermo, ni flaco, ni malhumorado ni cansado. Te siento alegre, vivaz, riéndote pero con el espíritu que me transmitiste estos últimos meses. Te siento como todo lo bueno que fuiste y siempre vas a ser. Y habré perdido cosas, pero eso nunca se va a ir.
¿Qué se siente que tu vida cambie radicalmente? Te explico. Hace unos cinco meses, mi vida era bastante distinta a lo que es ahora. Para empezar, salía. Fácil. Sin estrés. Cero preocupaciones importantes. Más que nada, tenía la cabeza en otra. Las cosas que solían parecerme importantes ahora me parecen lo más tonto del mundo. Sin embargo, allá por enero, nunca me imaginé lo que podría llegar a pasar. Y, que en efecto, pasó. Se siente como estar al borde de un abismo y que alguien está a punto de empujarte para que caigas. ¿Cómo no caés? Bueno, acá se complica. Generalmente, encontrar la respuesta a esta pregunta que parece simple, te toma varios días, semanas, a veces meses o a veces sólo unas horas. A mí, semanas. El truco está en aferrarte a lo que tenés de este lado. Agarrarte de cosas, personas, sentimientos que se presten para sostenerte. No siempre tenés muchos a mano, pero siempre un par hay. ¿Qué hacés una vez que los encontrás? Te das cuenta de que vale la pena no caer al abismo gracias a todo eso que lograste ver. Te das cuenta de que, a pesar de que varias cosas se te hayan ido de las manos y sí hayan caído por el precipicio, vos no sos una de esas. Por la simple razón de que te das cuenta de tanto lo que perdiste como lo que tenés necesita que te quedes. Y si te ponés a pensar, te das cuenta fácil de que vos también necesitás quedarte. Varias veces pensás y te tienta la idea de irte para abajo. De quedarte igual días o semanas enteras sin salir a la calle, sin ver a nadie ni hacer nada. Simplemente vegetar. Pero no es lo mejor. Aunque a veces ayuda un té y una manta eléctrica prendida en dos. No hay que malacostumbrarse al hecho de que los demás a veces te vean como una víctima del destino y de cosas horribles que por desgracia te tocó pasar, sino que hay que demostrar siempre lo contrario. No hay razón para ser considerada víctima porque en realidad, vos ya estás bien.
Munch
“Yo pintaba las líneas y los colores que afectaban mi ojo interno. Pintaba de memoria sin añadir nada, sin los detalles que ya no estaban ante mí. Este es el motivo de la simplicidad de los cuadros, de su obvia vacuidad. Pintaba las impresiones de mi infancia, los colores apagados de un día olvidado”Edvard Munch
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
