17 noviembre, 2009

¿Qué se siente que tu vida cambie radicalmente? Te explico. Hace unos cinco meses, mi vida era bastante distinta a lo que es ahora. Para empezar, salía. Fácil. Sin estrés. Cero preocupaciones importantes. Más que nada, tenía la cabeza en otra. Las cosas que solían parecerme importantes ahora me parecen lo más tonto del mundo. Sin embargo, allá por enero, nunca me imaginé lo que podría llegar a pasar. Y, que en efecto, pasó. Se siente como estar al borde de un abismo y que alguien está a punto de empujarte para que caigas. ¿Cómo no caés? Bueno, acá se complica. Generalmente, encontrar la respuesta a esta pregunta que parece simple, te toma varios días, semanas, a veces meses o a veces sólo unas horas. A mí, semanas. El truco está en aferrarte a lo que tenés de este lado. Agarrarte de cosas, personas, sentimientos que se presten para sostenerte. No siempre tenés muchos a mano, pero siempre un par hay. ¿Qué hacés una vez que los encontrás? Te das cuenta de que vale la pena no caer al abismo gracias a todo eso que lograste ver. Te das cuenta de que, a pesar de que varias cosas se te hayan ido de las manos y sí hayan caído por el precipicio, vos no sos una de esas. Por la simple razón de que te das cuenta de tanto lo que perdiste como lo que tenés necesita que te quedes. Y si te ponés a pensar, te das cuenta fácil de que vos también necesitás quedarte. Varias veces pensás y te tienta la idea de irte para abajo. De quedarte igual días o semanas enteras sin salir a la calle, sin ver a nadie ni hacer nada. Simplemente vegetar. Pero no es lo mejor. Aunque a veces ayuda un té y una manta eléctrica prendida en dos. No hay que malacostumbrarse al hecho de que los demás a veces te vean como una víctima del destino y de cosas horribles que por desgracia te tocó pasar, sino que hay que demostrar siempre lo contrario. No hay razón para ser considerada víctima porque en realidad, vos ya estás bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario